jueves, septiembre 16, 2004

Cayendo

Cayendo despacio
hacia el desamparo
y el desalojo

La tristeza aturde
azumaga los sentidos

Este dolor no comprendido
que se ata dentro
amarrando al orgullo
con violencia quieta

Esta pena que embarga
embriaga y retiene
resuelta a rompernos enteros
sin piedad ni consuelo

Morir sin Dios
sin creer en nada
desastrado, anonadado
dejado suelto a la deriva
hundiéndose sin remedio

Sufrir de algo incierto
quemar todas las naves
y entregarse al olvido

Esta pena tan grande
desilusión del alma fuerte

Esta tristeza insondable
magulla mi mente
ocupa mi oído
se agolpa en mis ojos

Es un velo rancio
grande como un océano
frio y distante
malvado, asesino

No sé ni cómo escribo
quizás me recupero

miércoles, septiembre 15, 2004

Distancia

Siento tu mirada tierna,
tus manos tocando las mías,
aquel cabello alegre.

Siento que ríes
dentro de mí.

Es sólo una sensación
de tenerte cerca
como si siempre
hubieras estado.

¿Qué dulce voz recorre mi recuerdo?

Esa bella faz delicada
que alumbra mi soñar;
esos ojos, lagunas de luna;
esos labios nacientes
como la aurora;
esa dicha inmensa
y ese dolor de ahora.

¡Qué hermoso y tan terrible es recordar tu imagen!

martes, septiembre 14, 2004

El Caracol

Según he sabido esta historia ronda entre los caracoles últimamente. No podría ser de otra forma, uno de ellos participó de eventos sin igual.

Para qué alargarnos más con preámbulos y vayamos a lo concreto.

Hace un tiempo atrás a un caracol se le ocurrió escuchar lo que se decían los humanos y tuvo la suerte de estar justo en el lugar adecuado y en el momento justo. Este caracol se hallaba cerca de un templo y escuchó como el predicador hablaba del Cielo, Hogar de Dios, lugar donde todo es maravillosamente hermoso. Escuchó todas las increíbles descripciones que se hacían de ese lugar en la Biblia y se quedó pensando largo rato después de que se fueron todos.

"Yo quiero llegar allá. ¿Cómo lo haré? El Cielo debe ser un lugar que se encuentra bien alto. Quizás si subo a ese monte llegaré a ese lugar".

Fue así como el caracol se puso en camino encaramándose a un enorme monte que se alzaba frente a él. El camino era duro por lo escarpado del lugar. ¿Creen que haya llegado siendo tan pequeñito?...¡Sí! Llegó. Pero al llegar se dio cuenta de que la cumbre no alcanzaba el Cielo. Fue así que observó atentamente el horizonte y se dijo:

"El Cielo no se encuentra aquí. Quizás si lo busco más allá de aquellas praderas llegaré a él".

Se puso en camino recorriendo por largos y fatigosos días tierras que parecían no terminarse nunca. En su camino se encontró con el mar. Se sabe que la sal daña terriblemente a los caracoles. ¿Ustedes creen que el caracol se detuvo ante esta tremenda dificultad?...¡De ninguna forma! Fue paciente con las circunstancias y esperó el momento propicio para salvar ese amplio océano que se extendía ante él.

Una hoja pasó flotando cerca de él y se aventuró a subirse a ella para dejarse llevar por el viento, y unida a esta pequeña hojita llegó a tierras inhóspitas, como nunca haya visto alguien. Se encontraba ante un vasto desierto de ardientes arenas. ¿Ustedes creen que un caracol se arriesgaría a cruzar ese inhóspito lugar para quedar más seco que escupo de momia?...¡Sí! Este caracol era formidable, se le ocurrió cruzarlo de forma muy prudente. De este modo se movía en las horas en que hacía menos calor, que era al atardecer y poco después del amanecer. El resto del tiempo se buscaba un refugio para guarecerse del inclemente sol, y si tenía suerte de llegar a algún oasis se abastecía de suficiente agua.

Nuestro caracol llegó así, después de mucho tiempo, a un lugar selvático y no se amilanó en recorrerlo (no iba a retroceder con todo lo ya hecho). este trayecto era muy peligroso, puesto que asechaban depredadores. Además había inmensos animales que, sin saberlo, amenazaban con pisar a nuestro amiguito.. Más de algún momento de angustia y dolor experimentó en todas esas andanzas que el más grande de nosotros lo hubiera hecho jamás. En este caso su pequeñez fue su mayor ventaja, porque pasaba desapercibido debajo de una hoja u oculto en su caparazón.

En su camino un elefante notó su presencia y se dio cuenta que ese caracol era diferente, por lo cual le preguntó:

"¿Adónde va tan apurado, señor caracol?"

"Voy en busca de un camino que me lleve al Cielo". Le respondió el caracol. Este, al ver el signo de interrogación en la cara del elefante procedió a contarle todo lo que sabía de ese lugar maravilloso, que ansiaba tanto encontrar.

El elefante se mostró reticente a creerle, puesto que la historia provenía de los humanos, personajes tristemente famosos en el reino animal. Sin embargo, mostró un interés particular en ese Alguien llamado "Dios", que era el creador de todas las cosas. La idea de que existiera un ser que sea el origen de todo convirtió al elefante en el primer filósofo de esas tierras. Si bien acompañó al caracol un buen trecho lo dejó ir. Su mirada se mantuvo sobre esa pequeña criatura hasta que desapareció en la distancia.

Cambiemos de escenario. Estamos entre las nubes. Hay un gran portalón a cuya entrada se halla un anciano con un largo cayado en una de sus manos. Ese anciano es San Pedro, al cual se le habían dado las llaves de la puerta del Cielo y controlaba quien entraba o salía de ella. Sus ojos escrutaban el horizonte nuboso con la esperanza de ver venir a alguien. A lo lejos algo vio. ¿Adivinan a quién me refiero?...¡El caracol! Allí venía, lento, muy lento, maltratado y cansado venía el pobrecito.

San Pedro se mostró muy sorprendido. Nunca había visto animalitos por las nubes. Esperó pacientemente que llegara el caracol y aguardó otro momento más para que descansara antes de preguntarle:

"¿Qué haces tú por estos lados?"

"Estoy buscando un lugar llamado 'Cielo', donde habita Dios".

"Bueno, estás frente a la puerta que lleva a él".

El caracol se llenó de alegría. Había, por fin, terminado su largo recorrido. Mas el anciano varón le observaba con gravedad. Escuchó que le dijo:

"Lamentablemente es un lugar donde no puedes entrar".

"¿Por qué no?"

"Porque nunca ha entrado ningún animal al Cielo".

"¡Bah! Eso no es motivo para que no entre el primero".

"Aquí las reglas son precisas respecto al ingreso. Lo siento de veras, pero no insistas".

"¿Cómo que no? (¿Acaso cree que uno se pega el inmenso esfuerzo para que le salgan con esto?). El caracol se quedó perplejo, apesumbrado. Sin embargo, luego alzó sus antenas y preguntó de nuevo: "¿Cómo que no? Muéstreme en qué parte dice que no puedo entrar".

San Pedro tomó un bello libro en las que Dios dejó las instrucciones al respecto y se dedicó pacientemente a leer cada una de sus páginas buscando la claúsula aclaratoria. ¿Saben que libro es ése? Sí, es la Biblia, la cual es la misma arriba en el Cielo como abajo en la tierra.

Pasaron largas horas hasta que terminó de revisar cada coma. En realidad no había nada que mencionara que los animales no pudieran entrar. No obstante, para el Santo esto era muy inusual y no quería cometer un error de criterio con su Señor. Para los hombres del Cielo está claro que sus pensamientos se hallan en sintonía con los de Dios, y San Pedro no veía salida a todo esto.

"Mira, caracol, llevo cientos de años al servicio de mi Señor y creo conocer su forma de pensar. Lo que yo decida será ciertamente lo que Dios decida".

Viendo el caracol que llevaba las de perder empezó el siguiente razonamiento:

"Disculpe que lo interrumpa, pero me gustaría que me explicara por qué motivo Dios me ha creado, para qué ha creado todas las cosas".

"Bueno, Dios no necesita de nadie para ser feliz. No hizo las cosas porque las necesitara. el tomó esta decisión con plena libertad y discernimiento".

"Perdone, pero no ha contestado mi pregunta".

"La verdad es que Dios ha creado las cosas por Amor, puesto que quiere compartir gratuitamente lo que El es y tiene con nosotros".

"Si es así ¿Usted cree que Dios crea las cosas, me crea a mí, para luego dejar morir? Dios crea las cosas para que vivan, no para que mueran".

El argumento del caracol era indudable. San Pedro quedó de una pieza por un instante, pero luego reaccionó y le dijo solemnemente al bichito que tenía a sus pies:

"Está bien, caracol, te daré una chance. Voy a abrir la puerta del Cielo, pero sólo un poco, para que veas cómo es allá dentro y luego hablamos".

San Pedro giró la llave y abrió el inmenso portal dejando filtrar una inmensa luz cegadora que se abrió paso por la rendija. El caracol tuvo que ocultar sus antenas ante tan grande luz, pero lentamente se animó a observar que había más allá de esa brecha. Quedó maravillado con el lindísimo parque con árboles inmensos y frondosos, con lagunas cristalinas y pastos frescos y de un verde incomparable (un paraíso para un caracol). Vio también la presencia de incontables seres humanos que jugaban, reían y conversaban. También le llamó la atención unas creaturas hermosísimas que volaban de un lado para otro. Esos seres de dulce mirada y brillante corazón eran ángeles, los cuales el caracol no había visto nunca.

San Pedro le dijo entonces, al ver que observaba los ángeles:

"¿Ves lo hermoso que es todo eso? Mira ese ángel que sobresale por su brillo: es un arcángel. ¿Te das cuenta que tú sólo eres una creatura pequeña, sin brillo, de feo aspecto? ¿Cómo esperas entrar a ese lugar tan bello? Sólo sufrirías al lado de tanta belleza y bondad".

El caracol se dio cuenta que era verdad, tristemente miró hacia atrás y vio la larga estela plateada que marcaba el paso del mismo. Una luz brilló en su conciencia y declaró con firmeza:

"¿Cómo que no? Tengo derecho a estar allá dentro puesto que soy el Arcángel Caracol".

San Pedro tuvo una tentación de risa, pensó que el caracol se había vuelto loco. Le replicó:

"¿Cómo que un arcángel? ¿Dónde está tu corona de oro, tus alas de plata, tu espada de fuego, tus sandalias rojas como la sangre?"

"Las tengo aquí dentro de mi caparazón y están esperando el Gran Momento para emerger y manifestarse".

"¿Cuál es ese 'gran momento' del que hablas?"

"¡Este!". Ante los atónitos ojos del santo y los nuestros el caracol daba un inmenso salto entrando al Cielo por la estrecha brecha que ofrecía la puerta. ¡Qué horror! El pillo del caracol le había burlado y se había metido al Santo Lugar. San Pedro se iba a lanzar tras el pequeño travieso cuando observó la mirada de Dios a lo lejos. Era una mirada que lo decía todo sin hablar. ¡Dios estaba sonriendo! Eso quería decir que el caracol estaba aceptado en el paraíso haciéndose partícipe de las Glorias del Reino.

Dios sabía todo desde el principio, pero no le había dicho nada a San Pedro para que él y también nosotros aprendiéramos una lección.

¿Ustedes creen que aquí terminó la historia? No...Apenas San Pedro volvió a tomar sus obligaciones se encontró con el elefante filósofo que esperaba para entrar.

"¿Otro más?". Dijo San Pedro mirando al elefante.

"No. Varios más". El elefante se hizo a un lado y se pudo observar una fila interminable de animales que hacía recordar el episodio del arca de Noé. El elefante continuó:

"Después de lo que me contó el caracol me animé a contarlo yo a mi vez y..."

San Pedro sonrió, pero no pudo evitar llevarse la mano a la frente y exclamar:

"Alabado sea Dios".

(inspirado en un cuento de Kazantsaki y relatado a muchas personas en muchas partes)

lunes, septiembre 13, 2004

¿Doce Días de Navidad?

- Jo jo joo - rió el Viejo Pascuero mientras se sacudía el saco sobre su hombro - Que nadie se engañe con la Navidad, que dura un año en la mente de los niños y una eternidad en el bolsillo de sus padres.

- Es mejor pensar en que los hombres no desampararon tanto al Niñito que nacía y llegaron pastores y reyes magos a visitarlo.

- Ahora - sigue diciendo el Viejo - en vez de Navidad, más parece Nadidad, porque no tiene el sentido que se tenía cuando yo era el 'Niño Pascuero'.

- ¡Es que los tiempos de antes eran mejores! Antes hacía regalos a los niños buenos. Ahora hasta los malos compran a crédito mi bondá'.

- Antes se esperaba a los Reyes Magos (me aliviaba el tra'ajo), pero ahora tengo que hacerlo todo yo, acompañado con renos estúpidos y retostao de calor porque el contrato me exije vestir de abrigo rojo, incluso cuando recorro el hemisferio sur.

- ¡No hay derecho! Doce días de Navidad? Eso sí que sería un buen invento de los comerciantes. Así salvarían el año.

(el Viejo Pascuero se vuelve y entra murmurando en el hogar de ancianos donde se mantiene de incógnito, porque nadie visita a los viejos) .


domingo, septiembre 12, 2004

Función en el Cielo

Me hizo pasar a una sala muy clara y descorrió una cortina que tenía una gran nube pintada en ella. Apareció una pantalla bastante grande.


- Debe observar la película...hasta el final.
- ¿Dan cabritas de maíz? - Nos reímos ambos.


Comenzó girar la cinta. En la pantalla empezó la historia de un niño. A medida que pasaba el tiempo encontraba el argumento bastante tonto. El protagonista no había sido bien seleccionado parece, no tenía el ángel para actuar.


- Se ve que no tienen presupuesto para algo mejor - observé, pero no hubo respuesta. Se me quitó lo chistoso.


A medida que pasaba el tiempo el niño se convirtió en joven. Ya me mataba el aburrimiento (si se puede decir de esa forma). El joven cometía torpeza tras torpeza. Me llegaba a tapar la cara de vergüenza a veces con lo que le pasaba al protagonista. ¿Cómo se le ocurría hacer lo contrario de lo que le recomendaban?


- Tenía a esa muchacha tan buena, y la dejo ir - murmuré mientras veía como se alejaba ella en el horizonte - Hay que ser muy estúpido.


Pasó el tiempo y la película se me hizo insoportable. El protagonista no podía ser más desagradable. De una cosa que hacía bien le salían diez mal.



Cuando murió me llamó la atención su última expresión. Me hizo recordar algo familiar.



Se cerró el telón.



Se me heló la sangre.



- Su vida - Me dijo desde atrás.



"Trágame, Tierra", pensé mientras me hundía en la butaca.



- Ahora le invito a pasar a la segunda parte de La Prueba.



Me levanté y miré para todos lados. Quizás todavía me estaban filmando

sábado, septiembre 11, 2004

¿Dónde está el Amor?

- ¿Dónde está el amor? - Dijo suplicante Sara mientras observaba horrorizada como Jorge le apuntaba con un arma.


Jorge tenía una cara de furia. Le temblaba la mano de tanto empuñar el arma.


Sara extendió sus brazos como si ya estuviera malherida.


Parados frente a frente, cual si fueran estatuas trágicas, Sara dejaba caer lágrimas sobre el suelo. Jorge manifestaba un extraño tic en una de sus mejillas.


Jorge bajó el arma. No podía hacerlo. La amaba. Lo dejó en el suelo, giró y se alejó unos pasos cabizbajo.


Al volver su vista hacia Sara quedó espantosamente sorprendido al mirar que ella le apuntaba con el arma.


- ¿Dónde está el amor? - alzó Jorge sus brazos como si lo estuvieran crucificando.


Sara prolongó ese momento por mucho tiempo. Volvieron a ser unas estatuas patéticas en eterna agonía.


Sara oprimió el gatillo.





!Click!
(¿?)




El arma no tenía balas.


- No hagamos más este juego tan peligroso - dijo Jorge abrazando a Sara y llorando juntos.


Se amaron toda la noche.


El arma quedó sepultada en el jardín, pero ambos guardaron una bala en sus bolsillos, recuerdo de lo son capaces por amor.

viernes, septiembre 10, 2004

Descanso en ti

Pienso que cuando uno entra en contacto con otro conoce y capta algo de su esencia. Mientras conversas con el Ermitaño me doy cuenta como te haces más transparente para mí, como si la parte cristalina de ese anciano se transmitiese hacia ti.



Se vuelve transparente tu mirada, puedo leer en tu interior. Cuando caminamos debajo de los almiámbares sus hojas escarlatas y otras doradas parecen caer para formar una alfombra a nuestros pasos. Nuestra conversación gira en torno a la belleza y frescor de lo que nos rodea, pero al llegar al borde de la laguna terminamos hablando de nosotros.



Nuestro diálogo recorre entonces los hitos importantes de nuestras vidas. Por un lado me relatas las divertidas anécdotas de los duendes, de las que reímos juntos (me gusta verte sonreir); y por otro lado te cuento las hazañas de mi pueblo, en aras de la justicia y la libertad, y me escuchas expectante a cada una de mis palabras.



Me cuentas algunos secretos del bosque. Te narro la ofrenda de mis amigos. Y van pasando las horas sin darnos cuenta, sin cansarnos de mostrar lo que es nuestra historia.



En algunos silencios de nuestra conversación, como si viéramos un ángel pasar, me tiento a besarte, porque tu boca se ve blanda como una almohada, fresca como una frutilla, y su movimiento hace vibrar mi corazón. Recuerdo entonces el Oráculo y freno mis deseos volviendo a contarte cómo son las tierras que no conoces. No deseo que un beso sea el faro para el Enemigo.



Hace tanto tiempo que no me quitaba la armadura que me siento más liviano y con más soltura. Siento el viento tocar mi piel y se me pone la carne de gallina, porque no está acostumbrada a la brisa fría. Estornudo y tú ríes. Tu cuerpo conoce el contacto con la naturaleza y, aunque vistes liviana, no sientes el frío como yo.



Mis manos encallecidas se apoyan sobre las tuyas y las volteamos mostrando nuestras palmas. En los surcos profundos de las mías hay una larga cruzada por otras siete. En las delicadas líneas de tus manos hay dos líneas que se hacen una y apuntan al dedo del corazón. Tus dedos largos y con uñas almendradas me hablan de tu sensualidad. Mis dedos, más cortos y gruesos, te hablan de mi fuerza y la racionalidad de mis actos. Sin querer nos leemos las manos como redescubriendo lo que somos, como apoyando nuestra conversación prolongada.



Pasan los días y lentamente nuestros temas se van orientando a lo que somos, a nuestros sueños, a lo que nos sorprende y nos gusta del otro. En ese conocernos entramos a la intimidad mutua y vemos nuestras virtudes y defectos.



Nos gusta abrazarnos largamente, como reposando el uno en el otro. Son abrazos pausados, suaves, en que sentimos el latir de nuestros corazones; en que abrigamos nuestra soledad tan distante ya.



Estoy como embriagado de amor, sintiendo el perfume de tu piel dejando rastros en mi alrededor. Te siento tan cerca. Se relajan mis músculos, acostumbrados al constante luchar, y se distienden mis nervios, estresados de sentir el peligro en cada esquina.





Recupero mis fuerzas nutriéndome de tu presencia.





Pienso que, tal como te decía, uno capta la esencia del otro y la hace propia. Siento que parte de ti se funde en mi alma y me da la paz que tanto busqué.

jueves, septiembre 09, 2004

Una Soledad no tan sola

Allí donde sólo el viento mora,
allí donde ciudades desiertas,
en que se alzan muros de roca
y recortan las praderas muertas,
allí vagaba un alma sola.


Sola, porque en su silencio
permanecía en lo desconocido.
Sola, pues ningún sentido
le unía al risco frío.


Sola, algo miraba.


¿Qué miras, alma, tan sola?
Observo que sonríes dichosa.
¿Qué contempla tu vista fina
que dé motivos a tu risa
que conmueva el alma mía?
¿Qué puede ser tan bello
para que tu frente hermosa
se llene de luces luminosas?


He aquí que he descubierto 'América'
al mirar tus ojos universos.
Heme aquí en zona ártica,
mares y desiertos extensos
descubriendo en las soledades
un grano que era el cosmos.


¿Pude captar tantas verdades
de un alma que nada me dijo? Sí.


¿Cómo, entonces, en la selva
en que vivo tanto me cuesta
encontrar una sola?


La serenidad que reinaba
y aquella bondad reflejada
en esa faz estrellada
daban imágenes de niños,
de retoños y cachorros
(y me alegré por ello).

miércoles, septiembre 08, 2004

La Batalla

¿Hace tanto tiempo que te busqué por los confines de la tierra y me propones que me separe de ti? Si bien nos hemos acostumbrado a sufrir por nuestro amor, creo que no soportaría una noche más sin ti.


Partamos juntos, no sueltes la mano que me has tendido, vamos al encuentro del ermitaño. Siendo que nací para ser fuerte y de mi templanza se han escrito leyendas ¿piensas que podré vivir lejos de ti? Prefiero morir y descansar a tu lado, que alejarme.


Cuando la realidad de un sueño toca tu puerta no es el momento de dejarla pasar, sino abrir de par en par y correr a ella.


Escucho ruidos en los alrededores... ¡Están cerca!


He aquí que me levanto, tomo mi armadura y desenfundo mi espada que gime al ser desenvainada como si fuera un ave fabulosa, herida por tantos enfrentamientos. Tú me tomas por detrás y yo naturalmente me doy vuelta y te abrazo fuertemente acunándome en tu pecho.


Pero el enemigo se mueve afuera y me separo pidiéndote que cierres como puedas las entradas.


Salgo y me encuentro de frente con el enemigo que se encuentra a pocos metros de la fuente. Se detiene en seco y clava su espada en el piso, señal para que dos de sus mejores exponentes se acerquen a mi encuentro.


Esos dos seres son semi-gigantes de la Orden Oscura de la Osamenta (los triple O, como se les conoce), son muy diestros en el uso del hacha de doble filo y ágiles como el mejor de los Elfos verdes.


Sé que hay una forma poco usual de vencerlos, pero necesito 3 segundos para concentrar mi mente en el procedimiento exacto de combate. Para ganar tiempo, subo por la chimenea de piedra para llegar al techo, y desde allí cierro los ojos ese lapso de tiempo para mentalizar y corporizar los movimientos precisos.

El resto de los monstruos ruge, mientras que el Enemigo cruza sus brazos y alza sus hombros desafiante.

Los 'Triple O' se encuentran en el centro del patio alzando ambos sus Hachas Sangrientas. Suerte que uno de ellos es zurdo y se encuentra a la derecha del diestro.


Realizo un salto, cayendo entre ambos y alzo mi espada hacia el cielo. Los “Triple O” elevan también sus respectivas armas y proceden a realizar su corte transversal con gran furia. No ha pasado ni un solo segundo cuando giro la espada y la impulso hacia atrás saltando al mismo tiempo. Siento a las hachas de los monstruos cruzarse debajo mío como ráfagas de sol. Al caer sobre mi espalda alcanzo a ver cómo las hachas se han incrustado en las caderas de ambas criaturas. Me levanto en el momento siguiente y pongo mi pie sobre una de las hachas saltando a los hombros de uno de los energúmenos.


Desde una de las ventanas ves dos veces surcar mi espada el infinito y dos cabezas caer rodando a un costado. Ha pasado el tercer segundo desde que comenzó el combate y se escuchan dos cuerpos caer pesadamente sobre tu jardín inmaculado.


“En el nomne del padre que fizo toda cosa
e del Hijo, fillo de la Gloriosa,
e del Espíritu Santo, que igual dellos posa”.


Me oyes recitar una antigua oración antes de encarar al enemigo, que toma su espada y me sale al encuentro.


Golpes rudos de espadas pesadas, sudor espeso del esfuerzo realizado, crujir de armaduras chocando de costado, bufidos, gemidos y alaridos de las bestias circundantes.


Nos ves luchar y crees ver una danza de muerte entre tu caballero y el Enemigo.


Se escucha a tu pueblo acercarse y las bestias inmundas se alejan dejándonos solos luchando en la arena.


Sales de la cabaña y te acercas con tu pueblo al lado, las hadas y los duendes. No puedes interferir, puesto que es un combate de honor, y aunque no dudas que el enemigo no tiene este sentido sabes que para tu caballero sí lo es.


El Enemigo logra darme una patada en el costado y de un golpe certero desarma mi mano dejándome indefenso. Tu pueblo gime y muchos cierran los ojos para no ver el desenlace.


El Enemigo se detiene y en vez de clavarme su espada levanta su otra mano como para saludarme como caballero de la orden antigua y la lleva finalmente hacia su yelmo, levantándolo marcialmente y descubriendo su rostro.


¡Qué espanto! Me horrorizo al ver su rostro. Nunca imaginé que ver al enemigo cara a cara me iba a retorcer el alma de dolor.


No es que su faz fuera espantosa o sujeta a una maldición, sino que lo que sus rasgos revelaban era el parentesco que nos unía.


Mi enemigo era mi hermano. No sólo un hermano común, como podrías pensar, sino el mejor amigo que pude haber tenido alguna vez.


Nunca comprenderé cómo lo que amo pudiera cambiar tanto.


“El Poder te cambia hermano”, me dijo, como si adivinara mis pensamientos.


“El Poder me hace ver lo que es verdadero y real, lo valioso y lo cierto”, prosiguió.


Toqué mi pecho y arranqué una cadena que cruzaba mi cuello. De esa cadena colgaba un símbolo plateado. “El Poder no es lo que te cambia. El Poder sólo es el Cáliz Sagrado. Lo que llena al vaso es lo que lo hace sublime y le da sentido al vaso. Si el vaso se llena de odio te conviertes en lo que eres ahora, y si se llena de amor se convierte en lo que es mi amada”. Dirijo mi mirada hacia ti, querida mía, para luego sellar mi sentencia: “Y el Poder de nuestros antepasados protegerá nuestros designios. Cuando un hermano ataca a su hermano alza el escudo de su familia y con él rasga el cielo. Nuestro padre me lo dijo antaño y, obediente, procedo a realizarlo”.


Mi mano, con el signo refulgente empuñado, traza un corte invisible sobre el cielo y lo lleva a la tierra.


Sucede entonces algo inaudito, insólito... se rasga realmente el universo y una extraña negrura aparece entre los velos rotos del espacio. Te acercas rápidamente y me estrechas fuertemente mientras la negrura nos envuelve. Alcanzamos a escuchar el grito de frustración de mi Hermano-Enemigo al vernos desaparecer tras una cortina invisible que nos lleva a un destino desconocido.


Amada Mía ¿me escuchas? Siento una pesadez terrible en mi conciencia. Estamos confundidos y perdidos en esta extraña dimensión que no alcanzo a entender.


...!


...!


Me despierto y respiro aliviado al verte recostada cerca de mí. Estamos en un gran desierto. Hemos llegado a estas tierras, protegidas por la consigna familiar. Pero estamos desamparados, pues no hay mas vida que la tuya y la mía.

martes, septiembre 07, 2004

Revivo ante ti

No comprendía cómo podía estar vivo si contemplaba mi cuerpo desde lejos. Fue tanto el dolor que mi alma se había desdoblado. Ahora comprendo, y me alegro que no haya una muerte que nos separe, mi princesa encantada y encantadora.


Considerando mi situación actual tan privilegiada de poder moverme sin mi cuerpo y al escuchar tus palabras, en las que mencionas al enemigo, me encumbré sobre las copas de los árboles, para verlo llegar y poder adelantarme a su llegada. Crucé ríos dorados, árboles rosados y llegué a un lago esmeralda.


Tras los montes calcinados divisé una nube de polvo que se levantaba amenazante. Era una multitud que se acercaba. Nunca había visto tanto monstruo junto. Adelante venían los toscos y malolientes Orcos, famosos por su crueldad y por su estupidez. Después venían unas inmensas anguilas sebosas y muy hambrientas, ya que cada tanto tragaban algún Orco desprevenido. Más atrás venían los Troles, altos como árboles, robustos como montañas y feos como hienas. A cada paso de los Troles retumbaba la tierra como si cayeran peñascos. Pero el Enemigo venía más atrás de los dragones y los Balrogs, su silueta obscura sobre su corcel maldito lo hacían ver más siniestro que todos esos monstruos juntos.


La distancia que nos separa de ellos es grande aún, considerando que deben bordear el gran lago que adorna la comarca. Me acerqué sigiloso para evaluar el tamaño de ese ejército malvado, considerando que no podían verme (por lo menos así yo lo creía). Mas él alzó su vista hacia mí y pude distinguir el fulgor de su mirada tras el yelmo empavonado que le cubría el rostro. Tocó su espada envainada y en ese gesto me indicó lo que haría.


Resolví volver y avisarte que debías huir y dejarme allí si era necesario ¿Quién podría luchar contra tantos? Incluso yo, en mis mejores tiempos, no podría ser tan temerario y morir tan inútilmente. Huir no es derrota, cuando se es prudente y se evalúa una mejor posición para el combate.


En camino hacia ti me adentré en el bosque profundo, donde se oculta tu cabaña, y empecé a escuchar muchas voces. Miraba sin distinguir de dónde venían y mi sorpresa fue grande cuando descubrí que eran los árboles los que me dirigían la palabra. Me dijeron que ellos nos ayudarían cerrando los pasos y creando una suerte de laberinto, para que el enemigo se confundiera. Ellos lo harían simplemente porque tienen un designio de no dejar morir al inocente y porque hay una profecía respecto a nosotros, que debía cumplirse con la estrofa antigua que dicta: “los silenciosos confundirán al malvado, sus fuertes brazos protegerán a la doncella y hablarán con su salvador”.

lunes, septiembre 06, 2004

Te Contemplo

Al abrir los ojos descubrí los tuyos y olvidé que era ciego. Al escuchar tu voz melodiosa y suave como la seda olvidé que estaba sordo. Al querer hablarte olvidé que era mudo.

Estaba tan absorto ante tu presencia que me levanté de mi lecho olvidando mi cuerpo tras de mí. Había muerto al darte mi última gota y lo había olvidado. Sé que tú también me ves vivo, puesto que tu embrujo era estar muerta, aunque viva. Olvidé mis esfuerzos, combates y dolores al contemplar tu rostro en silencio.

Ahora tú vives y yo muero, mas la muerte no es distancia para los que se aman. No nos dimos cuenta porque tú cruzaste el umbral hacia la vida mientras yo lo cruzaba hacia la muerte.

Pero aquí me ves, más vivo que nunca, sólo me falta llenar un cuerpo para poder abrazarte y aunque mi mirada se hace transparente y fantasmal no ceso de dejarla sobre ti como la luz de la luna. Soñaba con darte un Sol; el destino quiso otra cosa.

No te engañes... he muerto, aunque me veas más sano cada vez, ese cuerpo está vacío. Pero no llores, estamos juntos, mi princesa, y eso basta. Quien te embrujó con una muerte en vida puede tener una solución para una vida en muerte.

domingo, septiembre 05, 2004

Camino hacia mi muerte

Me acerco a ti con mi armadura herrumbrada y mi espada rota. Mi triste, desgarbada y coja figura no alcanza a destacar entre las penumbras del bosque húmedo y espeso.


Cuando venía hacía ti luché con un dragón, ese que se conoce como el de las pasiones. Cuando buscaba tu rostro amable me topé con una arpía, llena de engaño y veneno que me atacó traicionera. Cuando me levantaba cada día desde el suelo fangoso y frío, me abrazaban los tentáculos del odio y el egoísmo.


Luché con todas mis fuerzas para que no tocaran el Cáliz sagrado, pero no pude evitar que dañaran mi figura y trastocaran mi rostro.


Aún así, ellos no pudieron disminuir mi fuerza y mi energía, puesto que hace mucho tomé del elixir de la verdad y llevaba, también el amuleto del discernimiento de espíritus.


Pero me ves cansado, casi agotado... ¿qué me ha hecho desfallecer y sufrir? ¿acaso fue el dragón, la arpía o el monstruo de los tentáculos?

No, no, no... fue mi corazón mil veces expuesto, porque debía alimentar pelícanos sedientos, porque criaturas sufrían y quise calmar su dolor. De mi corazón brotaba mucha sangre y ahora sé que corre por otras venas. Di de mi vida para que otros tuvieran vida. Y he aquí que me acerco a ti para ofrecerte lo más preciado, mi último tesoro: la última gota de mi sangre.

sábado, septiembre 04, 2004

Evolución

Asomado a una ventana se encontraba un Perro.


El Perro miraba a un Hombre.


El Hombre observaba el Cielo.


El Cielo contemplaba al Hombre.


El Perro miraba, el Hombre observaba, pero sólo el Cielo podía entender lo que pasaba.


Caían las estrellas, subían los relámpagos, pero en un susurro el Cielo se manifestaba.


No era el fin de los tiempos, era apenas su comienzo.


Y un giro extraño del designio divino produjo que: el Hombre contemplara, el Perro observara; y una Lechuga, desde el suelo mirara.


El Cielo entonces rió una vez más y arrancó a un nivel superior a esconderse...es el juego del misterio celestial del que somos participantes.


El Hombre decidió no comer más carne, el Perro adoptó como mascota a la Lechuga...y la Lechuga le estrechó la mano al Cielo guiñándole un ojo.

Fin(o Continuación?).

viernes, septiembre 03, 2004

El Beso

¿Qué nos pasó después del beso?

Es difícil precisarlo, porque nos separamos apenas unos palmos y nuestros ojos bebieron la misma pregunta de ambas pupilas. Esperé una frase tuya, pero el silencio era toda la respuesta.


Había amor en nuestras miradas, y también una gran incógnita: ¿Qué hice llevado de un impulso irresistible? Besarte con el peso de toda una maldición sobre la Comarca ¿Cómo pude llevar a cabo semejante acto?


Había temor bajo nuestros párpados. No comprendíamos qué hacer e intentábamos recogerla de una quieta contemplación del rostro amado.


Me pareció como si el sol se pusiese y las estrellas surcasen veloces sobre nuestras cabezas. Era como si la naturaleza entera parpadease a nuestro alrededor.


Nunca pensé cuanto te amaba cuando lo aquilaté en ese contacto de labios ardientes y húmedos.


Había un rumor suave a nuestro alrededor, como si lejanas olas vinieran a nuestro encuentro. Todo se desdibujaba alrededor de tu rostro, como si nada me importara más que tú.


Había una leve sonrisa en tu boca, como si ya nada te importara más que ese beso que abrió un sello a nuestras almas.


Sí, te contemplaba como si fuera la primera vez. Te transfigurabas ante mí como una diosa secreta.


La maldición ¿eso era la maldición? No, no podía ser. Verte tan hermosa ante mí, reposando tus delicadas manos sobre tu talle, eso no podía ser una maldición.


El cielo se cerraba y abría sobre nosotros y sólo estabas tú invariable a mi visión. ¿Qué estaba pasando? ¿Acaso entrábamos a otra dimensión, como cuando escapamos de mi hermano? No, esto era diferente. Todo a nuestro alrededor parecía cambiar lentamente.


Había una brisa.


Había un aroma sutil.


Escuchaba voces, sentía manos apoyadas en mi cuerpo. No comprendo.


Sabía que ese beso te lo había dado hace un instante, pero ¿qué era que hacía ese instante casi eterno? Eterno en dicha, eterno en mutuo reconocimiento, en mutuo aprendizaje. Era un momento que detuvo nuestros relojes, pero no los de la creación entera.


Recordé las palabras del Ermitaño de Cristal y vi la gema en forma de lágrima colgando de tu cuello.


Alargué mi brazo hacia ti y me pareció como si de mí surgieran muchos brazos y manos verdáceas. No entendía qué pasaba.


Yo era el portador de la llave y tú, la doncella de las verdades. Mi beso había sido la llave, puesto que se había abierto una puerta a nuestras conciencias, como nunca nadie había logrado hacerlo.


Siete vidas debían pasar, pero ¿de quienes eran esos ciclos vitales? A tu derecha me pareció ver como se erigía una plataforma inmensa, como si de un castillo se tratara.


De esa estructura fueron asomándose unas torres hermosas y fuertes. Cuando vi surgir la séptima entendí que el séptimo ciclo estaba pasando.


Tú también comprendías que el momento había llegado, por lo que tu mano (¿o tus manos?) tomaron esa lágrima preciosa y la depositaron en mi mano vacilante que iba hacia ti (¿me pareció que tus dedos eran hojas, al igual que las mías?).


Sentí entonces como nos resquebrajábamos en nuestro yo externo, como si saliéramos de una crisálida. Estábamos naciendo a una nueva era, algunos siglos más tarde.


La maldición nos había convertido en árboles amantes sin darnos cuenta. Nuestros brazos se habían convertido en ramas que tendían hacia la persona amada. Ëramos dos alerces centenarios que destacaban en la explanada.


Pero una maldición no puede contra el amor verdadero, ni menos con el de tu pureza y con la virtud de monarcas en nuestra sangre.


Nuestra sangre se había convertido en savia nutritiva, y de nuestros frutos se habían alimentado pueblos enteros. Por eso se había erigido un enorme castillo a nuestros pies, para cuidarnos y darnos un tributo y atención


Ahora rompíamos nuestra corteza y nos enfrentábamos a nuestra nueva realidad. Siete reyes habían pasado y siete reinas a su lado habían reinado.


Lloraste al darte cuenta que todos tus seres queridos habían quedado en el pasado, porque no podíamos retroceder en el tiempo, ni deshacer lo hecho.


A nuestros pies había un letrero que decía: “Dios escribe derecho entre líneas torcidas”.


Pero nuestra liberación no se debió sólo a nuestra intención, puesto que no éramos totalmente conscientes de nuestro vegetativo estado. Habían héroes que habían sacrificado sus vidas y santos virtuosos que habían sido mártires para liberarnos. Porque nuestro amor no podía ser solamente contemplativo, sino que debía ser actuante, especialmente cuando las huestes del Enemigo se acercaban lentamente hacia la Comarca.

jueves, septiembre 02, 2004

Carta al Hijo

Querido Hijito:


Te vi en la primera foto que tuve de ti y me embargó una gran alegría. Te veías tan pequeño (sólo unos 13 mm), pero pensaba en mi interior cuán grande te estabas haciendo en mi corazón.


Desde ahí todos los días pienso en cómo vas creciendo dentro de la güatita de tu mamá, de cómo se van desarrollando tus partes, de cómo poco a poco vas sintiendo lo que te rodea.


Sé que es dificil que entiendas lo que ahora te digo, pero no puedo evitar transmitirte de alguna forma lo que significas para todos nosotros, cómo vas revolucionando nuestras vidas.


Hijo, vivir es una aventura maravillosa en la que se descubren cosas sensacionales. Vivir te enfrenta a seres diferentes a ti que te pueden enseñar lecciones estupendas de lo que debes construir en tu interior.


Te recomiendo que estés atento a los buenos consejos y no a los malos ejemplos. Verás que es muy fácil hacer las cosas de la peor manera y salir invicto, pero siempre, siempre se termina perdiendo. Haz las cosas con amor, con bondad. Llénate de virtudes para brillar como las estrellas, que aunque silenciosas perduran en el universo y su luz da origen a mundos nuevos y a creaturas tan hermosas como tú. El amor engendra amor. Dios, el ser que da origen a todo lo que conoces, te ama y te tiene guardada muchas sorpresas.


Te quiere mucho,


Tu papá.

miércoles, septiembre 01, 2004

No estás Solo

Sales de un olvidado lugar
del cual hemos salido
y olvidado todos.


Vienes a un lugar
del que somos forasteros.


Vamos a otro lugar
del que nadie regresa
para contarnos.


Me pregunto si es el mismo lugar
de donde venimos.


Qué gran incógnita vivimos,
que gran incertidumbre,
el caminar como a ciegas
por una senda que antes recorro,
pero no sé si seguirás.


Perdido en este mundo de contradicciones,
barnizado de males y bienes
que te mueven como una barquilla
dentro de una gran tormenta.


No te asustes, hijo,
para eso están los padres.
Para calmarte y decirte
que no estás solo.


Quien te quiere no abandona,
aunque ausente parezca estarlo.
No hay un 'lejos' en lo profundo
de nuestro corazón.


Quien te ama te apoya,
quien te adora te abraza,
quien te acuna te guarda...
no estás solo, hijo mio.